GÉNEROS
PROSÍSTICOS
Al morir Felipe III, Felipe IV asciende al trono de
España y nombra al conde-duque de Olivares como una de las personas de más
confianza de su Consejo. Francisco de Quevedo se apresura a dedicarle a este
nuevo e importante funcionario su "Epístola satírica y censoria" con
clara intención de ganarse su aprecio y volver a la actividad política bajo su
protección.
Mientras tanto, vuelve a recluirse, esta vez
voluntariamente, en su Torre de Juan Abad y aprovecha para dar a la imprenta
textos escritos con anterioridad. En 1631 publica algunas de las obras
burlescas de su juventud, bajo el título de "Juguetes de la niñez y
travesuras del ingenio".
Escribe un libelo satírico titulado "El chitón
de las tarabillas" (en el que defiende la desastrosa política monetaria
del conde-duque de Olivares), que le hace ganar el aprecio de Felipe IV que le
nombra su secretario.
Coincidiendo con la grave crisis económica que
desencadenó la política del conde-duque, cae en desgracia por segunda vez,
debido a las intrigas de la Corte y en 1639 es detenido y encarcelado
nuevamente, esta vez en el convento de San Marcos de León, donde pasa mil
penurias durante cuatro años.
Dentro de su obra satírica se encuentran "La
culta latiniparla", "Epístola del caballero de la tenaza" y
"Los sueños". Estos últimos comprenden los siguientes relatos:
"El sueño de las calaveras", "El alguacil alguacilado",
"Las zahurdas de Plutón", "El mundo por de dentro",
"Visita de los chistes" y "La hora de todos y la Fortuna con
seso".
Su contemporáneo Cervantes, nos legó una obra que,
al crecer en prestigio y fama, ensombreció la persona del autor; en cambio con
Quevedo ocurre exactamente lo contrario: su fuerte personalidad hizo que su
obra se viera desdibujada, ante su propia leyenda.
Quevedo ha sido uno de los grandes genios de la
literatura en habla castellana, Borges lo compara con Mallarmé y Joyce. Su
capacidad para valerse del lenguaje es difícilmente superable.
La primera biografía que se escribe sobre Francisco
de Quevedo es la de Pablo Antonio de Tarsia, en 1663, donde ya se resalta el
carácter satírico de gran parte de su obra. Al decir de J.M. Blecua, su vida
osciló entre una visión sarcástica o burlesca de la realidad, y una visión muy
estoica y senequista de la existencia. Fue capaz de cultivar una poesía
popular, a ratos chocarrera y tabernaria, satírica y burlesca, al mismo tiempo
que escribía una poesía llena de belleza formal, o prosa culta y metafísica.
Buena muestra de este segundo aspecto de su obra, serían "La cuna y la
sepultura", "La política de Dios" y muchos sonetos profundos y
trascendentes.
Quevedo es el máximo representante de la corriente
"conceptista", frente al "culteranismo" de Góngora, que no
se libró de algún poema satírico.
Pero lo que es verdaderamente interesante en Quevedo
es su lenguaje casi moderno, utilizando vocablos, a diferencia de Cervantes,
que no se han quedado obsoletos, que se continúan utilizando con toda su fuerza
expresiva. Su lectura, por tanto, se hace fácil, y su estilo sorprendente por
lo actual.
Valgan algunos ejemplos que hoy pueden ser oídos en
cualquier patio de colegio, bar o parada de autobús: "mojones"
("el culo hace mojones"), "pendejos" ("población de
pendejos"), "gorreros" ("gorreros, hospedándose más de lo
que fuere razón en casa de los amigos"), "a escote" ("niño/
que concebistes a escote/ entre más de veinte y cinco") y otros muchos que
podríamos seguir citando. Igualmente se encuentran en su prosa vocablos que se
mantienen en determinadas zonas de Andalucía y América, perfectamente
actualizados, como "cabe" por zancadilla, "coima" por
soborno, etc.
Quevedo era un hombre desengañado de muchas cosas,
entre otras de las mujeres, a las que deseaba alegres, pero a ser posible
"sordas y tartamudas". Muchas veces se refiere a ellas de forma
despectiva y a juzgar por su temática, más que frecuentar círculos familiares,
conoció los ambientes prostibularios y marginales de su época, a los que
llegaba atraído por el sexo pero dominado por su misoginia.
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