lunes, 14 de mayo de 2012

6.3 Obra no poética de Quevedo: obras en prosa


OBRAS EN PROSA

La prosa de Quevedo resulta compleja, por las distintas redacciones, ediciones, manuscritos y alteraciones en que aparecen, incluso con diferentes dedicatorias.
 Como técnica literaria usa la exposición o comentario a un texto, recurso heredado de las lecciones medievales. Se lee en Marco Bruto, la Política de Dios o Los remedios de cualquier fortuna, y, también, con variantes, en obras satíricas como La hora de todos y la fortuna con seso.      
La caída para levantarse (Lisboa, 1648)
   Hoy se prefieren las obras satíricas de Quevedo, aunque quizá él apreciase más las ideológicas o doctrinales, menos editadas en la actualidad.
  De no haber existido Miguel de Cervantes, el cetro de la literatura española sería, sin duda, de Francisco de Quevedo y Villegas.
Es difícil describir en pocas palabras una obra tan variada como la de Francisco de Quevedo. El lector podrá seguir, según lo expuesto en el punto anterior, la diversidad de temas y tonos: desde lo metafísico a lo burlesco; de lo amoroso a lo escatológico.
A pesar de la temprana fama del autor como poeta, las primeras obras concluidas lo fueron en prosa, así libelos como Vida de la corte y oficios entretenidos de ella, las Cartas del Caballero de la Tenaza, la Premática que este año de 1600 se ordenó o la temprana Historia del Buscón llamado Pablos, acabada, al parecer, hacia 1604, y en la que caricaturizaba el género picaresco que, a partir del lejano Lazarillo de Tormes, se consolidaba en sus días con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. En su obra, la única de carácter narrativo, Quevedo logra vaciar de contenido moral, o siquiera humano, la historia del pícaro, que se transforma por obra de su riquísima prosa en pura burla hiperbólica, tal y como se puede comprobar en el conocido retrato del Dómine Cabra. El Buscón no se editó hasta 1626, y esto de forma fraudulenta, sin conocimiento del autor, lo que sucedía con frecuencia en la época y resulta más fácil aún de explicar en el caso de Quevedo, renuente a publicar tras varios tropiezos iniciales con censores como el padre Antolín Montojo que, en 1610, calificó El Sueño del Juicio Final de "chabacano e imprudente" y le denegó la aprobación. De esta manera, los Sueños, que venían siendo escritos desde los primeros años de la corte en Madrid y hasta 1622, no vieron la prensa hasta 1627 y en un texto notablemente defectuoso, lo que llevó al autor a publicarlos en 1631 bajo el título de Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, limando los aspectos más irreverentes y cambiando los títulos de varios de ellos. Son los Sueños una serie de diálogos de carácter alegórico-burlesco en los que, de forma parecida a Gracián pero en tono de burla, se toca el tema del desengaño del mundo y de la diferencia entre apariencia y verdad. Son los titulados El Sueño del Juicio Final (en la edición definitiva Sueño de las calaveras); El alguacil endemoniado (después El alguacil alguacilado); Sueño del infierno (después Las zahúrdas de Plutón); El mundo por de dentro y El sueño de la muerte (después La visita de los chistes). Relacionados con ellos están obras posteriores como el Discurso de los diablos o Infierno enmendado (1628) y La hora de todos y la fortuna con seso (1635).

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