OBRAS EN PROSA
La prosa de Quevedo resulta compleja, por las
distintas redacciones, ediciones, manuscritos y alteraciones en que aparecen,
incluso con diferentes dedicatorias.
Como técnica
literaria usa la exposición o comentario a un texto, recurso heredado de las
lecciones medievales. Se lee en Marco Bruto, la Política de Dios o Los remedios
de cualquier fortuna, y, también, con variantes, en obras satíricas como La
hora de todos y la fortuna con seso.
La caída para levantarse (Lisboa, 1648)
Hoy se
prefieren las obras satíricas de Quevedo, aunque quizá él apreciase más las
ideológicas o doctrinales, menos editadas en la actualidad.
De no haber
existido Miguel de Cervantes, el cetro de la literatura española sería, sin
duda, de Francisco de Quevedo y Villegas.
Es difícil describir en pocas palabras una obra tan
variada como la de Francisco de Quevedo. El lector podrá seguir, según lo
expuesto en el punto anterior, la diversidad de temas y tonos: desde lo
metafísico a lo burlesco; de lo amoroso a lo escatológico.
A pesar de la temprana fama del autor como poeta,
las primeras obras concluidas lo fueron en prosa, así libelos como Vida de la
corte y oficios entretenidos de ella, las Cartas del Caballero de la Tenaza, la
Premática que este año de 1600 se ordenó o la temprana Historia del Buscón
llamado Pablos, acabada, al parecer, hacia 1604, y en la que caricaturizaba el
género picaresco que, a partir del lejano Lazarillo de Tormes, se consolidaba
en sus días con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. En su obra, la única de
carácter narrativo, Quevedo logra vaciar de contenido moral, o siquiera humano,
la historia del pícaro, que se transforma por obra de su riquísima prosa en
pura burla hiperbólica, tal y como se puede comprobar en el conocido retrato
del Dómine Cabra. El Buscón no se editó hasta 1626, y esto de forma
fraudulenta, sin conocimiento del autor, lo que sucedía con frecuencia en la
época y resulta más fácil aún de explicar en el caso de Quevedo, renuente a
publicar tras varios tropiezos iniciales con censores como el padre Antolín
Montojo que, en 1610, calificó El Sueño del Juicio Final de "chabacano e
imprudente" y le denegó la aprobación. De esta manera, los Sueños, que
venían siendo escritos desde los primeros años de la corte en Madrid y hasta
1622, no vieron la prensa hasta 1627 y en un texto notablemente defectuoso, lo
que llevó al autor a publicarlos en 1631 bajo el título de Juguetes de la niñez
y travesuras del ingenio, limando los aspectos más irreverentes y cambiando los
títulos de varios de ellos. Son los Sueños una serie de diálogos de carácter
alegórico-burlesco en los que, de forma parecida a Gracián pero en tono de
burla, se toca el tema del desengaño del mundo y de la diferencia entre
apariencia y verdad. Son los titulados El Sueño del Juicio Final (en la edición
definitiva Sueño de las calaveras); El alguacil endemoniado (después El
alguacil alguacilado); Sueño del infierno (después Las zahúrdas de Plutón); El
mundo por de dentro y El sueño de la muerte (después La visita de los chistes).
Relacionados con ellos están obras posteriores como el Discurso de los diablos
o Infierno enmendado (1628) y La hora de todos y la fortuna con seso (1635).
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